Carta de despedida a la ansiedad

Carta de despedida a la ansiedad

Llevamos trabajando alrededor de dos años con algo que cuando llega, parece un ave fénix capaz de ponerlo todo del revés. Si hablásemos con etiqueta en mano, hablamos de un TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada); si queremos prescindir de ella, sería ese bicho que estorba, que molesta, que incapacita, que anula, inhibe, deja sin aire -literal y metafóricamente-, llena de miedos y te acompaña en casa mínimo paso que puedas dar. 

Pero, también resulta ser ese estado donde, en el mismo lugar donde se encuentra la oscuridad, se intuyen rayitos de nuevos aprendizajes, de nuevas formas de cuidarse más sanas, de cuestiones que antes no se habían dado y que la ansiedad nos casi obliga a encontrar respuestas, de límites tan útiles como necesarios…y de todo un proceso de redescubrimiento que nos ofrece, al final del camino, nuevas alas.

Hace poquito, le propuse que estábamos en un punto donde podíamos dar un pasito adelante y era escribir una carta de despedida a la ansiedad.

Ella, que tiene esa capacidad admirable de ponerle palabras a su dolor y que tanto nos ha ayudado en el proceso que aún transitamos, hizo ese escrito, pero en forma de poema.

Además de valiente y mujer coraje, es una persona que derrocha generosidad y me ha dejado que lo comparta con vosotrxs. Creo que quien esté en un proceso parecido o haya pasado por él, se puede sentir muy identificadx.

Ahí va 🙂

Me dicen que te diga adiós,

pero creo que suena mejor un hasta luego.

Nunca fui buena para las despedidas

y contigo no iba a hacer la excepción.

Llevamos años juntas,

compartiendo cada segundo de nuestro día a día.

Desde que amanece,

hasta que Lorenzo decide dar las buenas noches a Catalina.

Nunca me has dejado sola,

has estado ahí cuando más te he necesitado,

pero sobre todo cuando menos.

Podría reprocharte muchísimas cosas,

pero sin embargo sé que he de agradecerte.

He de darte las gracias por hacerme cambiar,

por transformarme.

Por enseñarme a decir NO cuando realmente no quería decir SÍ, por apartarme de
quién no me aportaba,

y acercarme un poco más a vivir la vida que quiero de verdad. A veces me cuesta
pensar que desaparecerás,

como cuando escribo mi nombre sobre la arena, en la orilla de la playa

y una ola lo vuelve a borrar.

Quizá no sea un adiós y sea un hasta luego,

o quizá un hasta nunca.

Ya sabemos que la vida da muchas vueltas,

pero también que las vueltas dan mucha vida.

Y es que, ahora mismo,

me siento con las ganas suficientes y necesarias

como para gritar a los 4 vientos que quiero comerme el mundo. Basta de mentiras,

de ataduras,

de no dejarme avanzar,

de hacerme callar, de reproches.

Basta.

Hoy quiero volver a ser libre.

Quiero poder volverme a poner mis alas,

esas que dejé guardadas bajo llave un 1 de marzo y no he vuelto a sacar.
Hoy quiero volar.

Hoy quiero ser yo quien ponga el rumbo de mi nueva vida.

Quien ponga punto y coma a esta conflictiva relación.

Ha llegado el momento de ponerme de nuevo las alas,

de disfrutar de los días y coger altura.

Llegaste pisando fuerte.

Me hiciste pasar por cada una de las estaciones.

Empecé en primavera,

llena de vida y color,

y fuiste dejando que me marchitara,

que me fuese deshojando cual hoja cayendo del árbol en pleno umbrío otoño.
Poco tardé en rozar el frío invierno

y refugiarme bajo la humilde morada de los brazos de quienes me apoyaban.
Ya han pasado 730 días,

creo que los suficientes como para llegar a entender

la falta que me hacía estar conmigo misma,

conocerme y comprenderme,

darme un respiro,

desconectar para volver a conectar.

Hoy, me despido de ti, con un: ¡Nos volveremos a ver!

Pero esta vez con una diferencia.

Ya no serás tú quién tome las riendas de la situación.

La próxima vez, seré yo quien dirija el rumbo de mi nueva vida,

porque tengo las herramientas necesarias para hacerlo.

Atentamente X.

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