Saltar al contenido

Cuando llega la felicidad.

    MJR Psicologia

    Estaba cansada, exhausta, incluso levantarme por las mañanas era toda una odisea y por eso a veces no lo hacía, permanecía en mi cama esperando a algo o a nada. Y es que nada tenía sentido, por qué seguía viviendo si cada minuto de mi existencia era una agonía.

    Ni siquiera me daba cuenta de lo que ocurría a mi alrededor, todo estaba borroso y yo tan cansada que el más mínimo movimiento de mi frágil cuerpo implicaba una fatiga extrema, no había aire suficiente para mí en este mundo, no podía respirar. Y para qué hacerlo, si de todas formas nada me hacía feliz, nada me sacaba del hastío de mi triste rutina.

    ¿Pero cuándo se volvió así la vida?, ¿en qué momento decidí que no quería vivir? Entonces me di cuenta de que esa no era yo, la persona que habitaba mi cuerpo en ese momento no era yo. Era el resultado del dolor, el abandono, el silencio. No era yo y tenía que recuperarme de alguna manera. Nunca supe si sería capaz de volver a ser feliz, de hecho, lo sentía imposible, lejano, pero quería intentarlo, porque no siempre fui así y eso significaba una cosa, que estaba enferma.

    La depresión y la ansiedad eran enemigas que querían convencerme de que nada merecía la pena, pero en el fondo debía saber que se equivocaban, porque todavía no me había rendido. Pasaba horas despierta en la cama antes de levantarme, pero seguía aquí, viva, y eso tenía que significar algo. Por suerte para mí existía una cura, así que busqué ayuda, no sin antes tardar en aceptar que la necesitaba, ya que, a diferencia de lo físico, lo mental constituye un mundo desconocido, o más bien ignorado. Nadie pasaría meses con un brazo roto, pero sí con el alma rota y la mente haciendo frente a un lento e incisivo deterioro.

    La cuestión es que allá que fui, al principio en piloto automático, sabiendo que quería recuperarme, aunque abrazando mis emociones y aceptando que durante un largo tiempo la tristeza y la desesperanza me acompañarían a donde fuera, pues, por desgracia, no son sentimientos que cambien en cuestión de días ni semanas y nos toca dejarlos fluir, sentir, aunque no queramos, aunque sea abrumador. Fue un proceso largo, en ocasiones lento e insoportable, con recaídas, días muy malos y otros no tan malosdías de esforzarme y hacer mis deberes para la próxima cita con mi psicóloga, a pesar de que ni siquiera podía concentrarme en una conversación de cinco minutos, pero hacerlo de todas formas porque lo hacía por mí y haría cualquier cosa por ver esa luz al final del túnel de la que tanto se hablaY funciona, por supuesto que funciona, pero no es un milagro, no aparece caído del cielo, no te lo regalan por navidad, no llega solo. Llega con la voluntad, el esfuerzo y la perseverancia de quien hace todo lo posible por no abandonarse a sí mismo.

    Y llega.

    Cuando me di cuenta, las flores volvían a hacerme feliz, ellas, tan delicadas y llenas de vida en un brillante día de primavera, las carcajadas de mi hermana cuando compartimos recuerdos o anécdotas, sentir la arena bajo mis pies escuchar cómo rompen las olas en la orilla, las conversaciones profundas bajo las estrellas, el olor del mar, conocer al amor de mi vida y perderme en sus ojos celestes, vivir cientos de primeras veces y querer repetir, acostarte sintiendo que quieres vivir el mañana, con lo malo y lo bueno que pueda traer, comprendiendo que nada es perfecto, pero que es posible disfrutar de la imperfección de la vida.

    Y es que merece la pena quedarse un poco más, porque todavía no conoces a todas las personas que te van a querer y no sabes si mañana será el mejor día de tu vida.

    Deja una respuesta

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada.