Tengo que contaros algo desde el orgullo.

Hola. Mi nombre es Mª José, tengo 29 años, soy morena y homosexual. Esto último debería ser igual de relevante que el dato anterior, es decir, nada relevante, pero por lo que parece…no es así.

No creo que haya alguien en el planeta que me quiera dar una paliza por no ser rubia, pero sí creo firmemente que los hay que me rifarían por mandarme con San Pedro por tal aberración e insulto hacia la humanidad.

Desde niña, he crecido con unas creencias y unas ideas sobre el mundo, las personas y las relaciones humanas sobre las que he tenido que sobrevivir haciéndome mi propia burbuja impermeable mientras acababa con ellas en mi interior.

Empecé siendo consciente de que era diferente a mis 12 años. Digo diferente, porque así se nos hecho sentir durante siglos. Qué extraño era eso de que a tus amigas les gustase el chico de clase y a ti solo te gustase para tenerlo de compi de equipo de fútbol y ganarles a los otros.

La primera vez que confesé aquello que me ocurría (como si fuera algo así como una patología), encontré respuestas variopintas. Entre ellas, de apoyo; otras, de incredulidad. La que más me marcó fue la que vino acompañada por la siguiente frase:

– No pasa nada. Mi hermana me ha explicado que eso con el tiempo se puede pasar, que puede ser una confusión.

Ok. No, no estaba confundida. Pero, gracias por la aportación que hasta el momento ha ayudado a cero personas.

La segunda respuesta que recuerdo fue esta:

-Pero, Mari, ¿si a ti te gusta Bisbal y Beckham?

-Ya, cómo canta y cómo juega al fútbol.

No os preocupéis. También tuve gestos de aceptación e incondicionalidad, por suerte. De hecho, fueron los más. Visto lo visto, me parece una fortuna haber nacido en un entorno donde lo más importante es ser buena persona y ser feliz, independientemente de con quién elijas compartir tu vida.

Muchxs de ellxs me hicieron ver que yo seguía siendo la misma persona para ellxs y que no tenía porqué ocultar algo que debía ser natural, lo cual para mi yo adolescente, fue maravilloso. De alguna manera, creo que mi alrededor también inició un proceso conmigo que nos era nuevo a todxs, ya que -aunque solo esté a punto de cumplir la treintena- hace 18 años salir del armario y en ciertas zonas, no era algo tan común.

Recuerdo que con el tiempo vinieron otras cuestiones que no me fueron indiferentes. Cuestiones sobre quién era el chico en una relación de pareja de chicas, es decir, quién hacía ese papel. Claro, sospecho que pensaban que alguien debía ocupar el rol patriarcal que en este caso no puede ser ejercido por el varón. De alguna manera, se daba por hecho que hay una parte de la relación que debe de ser la dominante y, basándonos en el tipo de educación que (casi) todxs hemos mamado y del que todavía nos cuesta deshacernos, ese papel lo tenía que adquirir el del rabito entre las piernas.

Me imagino las mentes: “pero, ahora, ¿quién pagará la cuenta, retirará la silla y dejará pasar primero?”. Volviendo al siglo del blanco y negro en 3, 2, 1…

Me acuerdo que yo me decía a mí misma algo así como que si a mí me había costado asumir esta “diferencia”, debía entender que a lxs demás también y que ya era suficiente con que no me rechazaran. Pero, ¿sabéis qué? Creo que me equivoqué. No era suficiente la ausencia de rechazo; era necesario también el abrazo. Y yo lo tuve, tuve muchos abrazos, mucha incondicionalidad capitaneada por una mujer de ahora casi 92 años que a mí nunca me ha mostrado que fuera un problema.

Pero, también me encontré la duda cuando iba con mi pareja de la mano, la duda de mostrar lo que sentía u ocultarla por si alguien de la calle no lo fuera a entender. La duda de buscarme problemas por, sencillamente, estar con la persona que YO había elegido estar. La duda de tener que alejarme de quien todavía no asumía ser quien sentía ser.

Me encontré con el hastío de tener que dar explicaciones acompañadas de un “pues, no lo pareces. Nunca lo hubiera dicho de ti”; con el coraje de ver cómo amigxs sufrían por el rechazo, cómo algunas personas me echaban a mí la responsabilidad de que sus hijas fueran lesbianas (“las compañías…”), cómo otrxs iniciaban una vida que no sentían solo para evitarlo y cómo las ansiedades, las tristezas, las decepciones y las frustraciones nos iban y nos van acompañando cada día.

Porque no. No hay igualdad. No, no tenemos suficientes derechos. No, no hay tolerancia todavía. Y quien quiera pensar que es así, no lo vive ni se ha informado de lo que el colectivo LGTBIQ+ tenemos que pasar algunas veces.

Hace dos semanas mataron a un chaval al grito de maricón; hace unas pocas más se puso a parir a un papá que decidió gestar a su propio hijx porque “si había decidido ser hombre, lo decidía con todas las consecuencias”.

Hasta que no se apruebe definitivamente la nueva ley de derechos LGTBIQ* que propone el gobierno, yo tendré que iniciar un proceso de adopción de mi propio hijx, si no me caso con mi pareja, por la sencilla razón de no ser la mamá gestante.

Todavía hay quien opina que educar a nuestrxs hijxs en derechos y libertades, es decir, explicarles que pueden SER quienes QUIERAN SER junto con el abanico de posibilidades, es adoctrinarles. Pero, la doctrina no es decirles que tienen solo un camino para elegir, eso no es. De vez en cuando se pasean autobuses con el lema “un niño tiene pene; una niña tiene vulva. Que no te engañen”.

Hace poco, una diputada de VOX en la cámara de Madrid, comentó que el colectivo exigía derechos “inacabables y específicos” y luego mencionó algo de inseminar lesbianas que mejor dejaré pasar porque si no…esto se va a alargar mucho.

Sí, señora, pediremos derechos inacabables hasta que todas las personas, sean quienes quieran ser, puedan ser libres y se les garantice el respeto, la igualdad y la tolerancia.

Cuando entendáis que somos personas como vosotrxs, que hacemos lo mismo (nacer, crecer, trabajar, dormir, estudiar, reír, llorar, reproducirnos…), de verdad, exactamente lo mismo, el mundo irá mucho mejor. Porque nos ha tocado tragar y tragar, darnos media vuelta y respirar hondo más de una vez para tener la fiesta en paz; nos ha tocado ocultarnos alguna vez por si el tío, la abuela, el padre, el vecino…Nos ha tocado abandonar nuestros pueblos, ciudades y países para poder tener la vida que merecíamos…y, también, nos han dado palizas y nos han matado.

Solo por dejar que el corazón salga a bailar y lo haga con quien elija para ser su pareja de baile.

Ojalá algún día todas las personas entiendan esto último.

Ojalá algún día se entienda, en todo el mundo, que el arcoíris nos representa a todxs.

No guarden sus banderas. Sáquenlas, que la lucha continua.

Mª José.

 

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