Emociones

A ver, sí, ya sé. Caminar con automatismos está bien, pero para los coches. Para las emociones, necesitamos aprender otras formas de conducción. Qué complejo puede resultar, en ocasiones, entender este “mundo”, ¿eh?

Vamos a ver si puedo echar un cable para que el trayecto sea menos temerario y pasemos los numerosos exámenes a los que nos exponemos cada día, o al menos intentarlo, ¡que ya sería un paso!

Lo primero que has de saber es que las emociones son innatas en el ser humano. Y no. No es posible no tener emociones. Ahora, alguien podría pensar: “pues, yo no siento tal o cual cuando “x” cosa”. Bien. Que no seas consciente de la emoción, no quiere decir que no estén en ti. Al igual que, cuando vamos a cruzar un paso de peatones, no somos conscientes de que la emoción del miedo aparece para decirnos que tenemos que pararnos y mirar bien antes de cruzar -porque el cerebro no considera necesario hacerlo constatar-, en otras ocasiones tampoco somos conscientes. Puede ser por muchos factores que ya analizaremos en otro post, ya que da mucho de sí.

Lo que quiero que tengas claro, de nuevo, es que NO es posible no sentir emociones. Y si sientes eso, habrá que hacer una miradita hacia dentro para ver qué está pasando –a no ser que tengas alguna lesión cerebral y demás-.

Hace unos días colgué una imagen hablando de 4 pasos -simplificados- sobre qué hacer cuando nos viene la tristeza, la calma, la alegría, la rabia, la impotencia, la frustración…Hablo de emociones agradables como desagradables. Aunque parezca que las emociones agradables no necesitan más vuelta de hoja y está bien sentirlas, lxs psicólogxs nos encontramos muchas veces en consulta con personas que no se lo permiten y que, por tanto, también hacen una gestión inadecuada de ellas -a veces da miedo disfrutar, reír… y ese miedo intenta invalidar la emoción previa que es la alegría, para protegernos de ella-.

Venga, que me lío. A lo que iba.  Por lo tanto… ¿qué hacemos con las emociones?

  1. Identifica. Sí, identifica. Párate. Haz una paradita, pon el punto muerto y quédate unos ratitos contigo. ¿Qué estoy sintiendo? ¿En qué parte o partes de mi cuerpo lo estoy sintiendo? ¿Qué me está queriendo decir esto? Cierra los ojos, mírate por dentro. No te quedes con el “bien” o el “mal”, eso no da información útil (¿qué es bien? ¿qué es mal? Ya sabéis 😉).
  2. Ponle nombre. Una vez has identificado que algo está pasando en ti, nómbralo. ¿Sientes enfado? ¿Tristeza? ¿Decepción? ¿Euforia? ¿Rabia? ¿Alegría? No sé…hay tantas emociones…Dicen que más de 500, así que fíjate si tienes margen para nombrar. Este paso es uno de los que más cuesta. Nombrar… ¡ay, ese lenguaje que no hemos aprendido en el cole, que a algunxs no nos han enseñado…! Si yo estaba muy bien diciendo “bien” y “mal”, ¿por qué tengo ahora que calentarme la cabeza buscando otra forma de expresión? Pues, porque si no, te va a doler la cabeza, pero de verdad.
  3. Valida. ¿Qué hago cuando ya he identificado que algo ocurre y además he hecho el esfuerzo titán de ponerle nombre? Validar. ¿Qué es validar? Hacer v-á-l-i-d-o algo. Sí, me he currao’ la respuesta. Lo que quiero decir es que al ser las emociones innatas e impulsos de nuestra mente a los cuales debemos prestar atención porque nos pueden dar mucha información útil, no nos queda más remedio que aceptarlo tal y como es antes de poder darle una salida.

    Hay emociones que nos suponen menos esfuerzo aceptarlas. Por ejemplo, podemos ver natural sentir alegría cuando viene un amigx que hace tiempo que no vemos, o cuando nos reencontramos con la familia después de dos meses de pandemia. Es natural, pensamos, sentir alegría. Sin embargo, luego viene la tristeza en una situación de pérdida y nos rebelamos contra ella. Puede aparecer ese aprendizaje inconsciente que viene con frases célebres como “no estés triste” que nos influye de alguna manera en rechazar esa emoción.

    Incluso, podemos recibir el comentario de quienes están cerca que, con toda la buena intención del mundo, no nos están haciendo un gran favor invalidando lo que inevitablemente sentimos. Todo ello…puede dar lugar a rechazar lo que sentimos y que eso se convierta en un básico en nuestro actuar emocional.

    Lo que no nos enseñan es que, si yo no acepto lo que siento, no puedo resolverlo. Y que sí, de primeras puede ser que me sienta aliviadx porque lo he dejado aparcado y no me está molestando. Pero, ¿qué pasa luego? ¿Cuántas personas desarrollan enfermedades derivadas de problemas emocionales? ¿Cuántos dolores de cabeza, estómago, contracturas…nos podríamos ahorrar si supiéramos identificar, nombrar, validar y dar salida a nuestras emociones? Ya os lo digo yo: bastantes. Por tanto, acepta lo que te viene. Está ahí para algo. No te va a hacer daño aceptarlo; sí rechazarlo.
  4. Dale una salida. Esto significa que lleves a cabo una respuesta que sea saludable para poder gestionar esa emoción que ha venido -puede ser a nivel pensamiento, conducta o a nivel corporal-.

    Un ejemplo podría ser: estoy triste porque he roto mi relación de pareja y le doy salida dedicándome un rato a llorar, a hablar con alguien de confianza expresándole cómo me siento…me desahogo escribiendo…

    Salidas saludables. Aquellas que, cuando las lleve a cabo, sienta un cierto alivio del sano que puede ir aumentando con el pasar del tiempo. Hay que llevar cuidado con aquellas salidas que son perjudiciales. Por ejemplo, con la rabia. ¿Cómo canalizamos la rabia? Pegar, está feo. Es una forma de darle salida, sí. Pero está feo. No es saludable. Por tanto, sale mucho más rentable recurrir a desahogarte con un amigo (aquí también serviría), hacer ejercicios de respiración y relajación, irte a algún lugar donde puedas soltar un grito ensordecedor si así lo necesitas. No sé, vuelvo a insistir en salidas saludables que me beneficien y no perjudique evitablemente a los demás.

¿Sencillo? Bueno, la teoría, estarás pensando. Ahora toca ponerlo en práctica una y otra vez. Recuerda que el cerebro es plástico, es moldeable. Aunque esté acostumbrado a unos patrones de respuestas, estas pueden cambiar si le dedicamos tiempo y esfuerzo.

Te pregunto, ¿qué mejor esfuerzo que el de dedicarle tiempo al crecimiento personal? Al final, vas a estar contigo toda la vida, ¿no?

Hazlo bonito.